Desde que el ser humano comenzó a ocupar las cuevas para protegerse de las condiciones climáticas, hizo uso de lo que tenía más próximo a él. La solución en cada punto del planeta para resolver el habitáculo que nos permite protegernos de las adversidades del clima depende de lo que tenemos al alcance. Y cada condición climática requiere de su propia solución constructiva. No podemos construir en los mismos materiales ni en los mismos conceptos arquitectónicos en una zona de mucho calor como Córdoba, por ejemplo, que en una zona de mucho frío como Burgos. Pero la verdad es que se construye igual,  cambiando las máquinas para mitigar el efecto del clima. En zonas de calor se emplea el aire acondicionado y en los de frío la calefacción. Desde la revolución industrial, las instalaciones han invadido nuestros edificios dejando de lado todas las enseñanzas que la arquitectura tradicional había estado aplicando hasta ese momento. Ya no importaba que la fachada de un edificio fuera totalmente acristalada en una zona de fuerte soleamiento. Las máquinas de aire acondicionado se metían a máximo rendimiento y problema solucionado. Con el paso del  tiempo, los arquitectos olvidamos esos conocimientos y sólo nos dedicamos a la parte creativa y de diseño de los edificios. Por ese motivo, se construyeron edificios que con el uso de los mismos y debido a los elevados consumos en climatización, se han tenido que modificar o desvirtuar porque la climatología de la zona impedía el uso normal del edificio (Ilustraciones 1 y 2)

 

La arquitectura sostenible trata de retomar todas las enseñanzas aplicadas para evitar el consumo energético excesivo de nuestros edificios, sin reducir el confort en su interior. Al mismo tiempo pretende ser respetuosa con el medio ambiente tratando de minimizar los efectos de la construcción sobre el entorno donde se ubica.
Porque un edificio consume muchos recursos durante su construcción, pero también posteriormente durante su vida útil.
Durante su construcción, los materiales necesarios se han tenido que fabricar en algún lugar consumiendo energía y después tendrán que llegar hasta el punto donde se encuentre el edificio generando un consumo de combustible para su transporte. Por tanto, una arquitectura sostenible será la que aproveche los materiales de su entorno más próximo y que necesitan poca energía para obtenerlos. Si al mismo tiempo conseguimos que el edificio se mantenga caliente durante el invierno y fresco en verano sin máquinas ni tecnología, solamente con su diseño y su orientación, habremos conseguido el ideal de un edificio sostenible.
La arquitectura vernacular cumple estos requisitos.
Si nos fijamos en las viviendas tradicionales valencianas podemos descubrir muchos de los puntos indicados anteriormente, aplicados en su construcción.
En el caso de la barraca valenciana, los principales materiales aplicados son los de la zona. El barro para los muros de adobe y la paja y las cañas para la cubierta (Ilustraciones 3 y 4, sacadas de «El diente del tiempo»)

 

Si nos fijamos, el espesor de los muros logran mantener la temperatura estable en el interior, especialmente en verano, y la gran altura de la cubierta produce dos efectos: primero que el aire caliente suba a lo alto por la trampilla de la escalerilla, manteniendo el aire fresco en la parte inferior y segundo, la propia forma de la cubierta evita el calentamiento por radiación solar de la parte baja que es la habitable. Por el contrario en invierno, la trampilla de la escalera queda cerrada y mantiene en la parte baja la temperatura de confort generada en el interior (Ilustración 5, sacada de «El diente del tiempo»)

Por otro lado, tenemos la tipología de vivienda rural valenciana donde la orientación, la disposición del patio y las aberturas de las fachadas responden perfectamente a la climatología mediterránea. La fachada principal está orientada a sur y las aberturas son pequeñas y protegidas con celosías o persianas tradicionales de la extrema radiación solar del verano. En la parte posterior, el patio situado en la parte norte, se mantiene fresco debido a que el propio edificio genera sombra sobre él (Ilustración 6 sacada de «Pensando el territorio» e Ilustración  7 realizada por Miguel del Rey y equipo)

 

Estos son ejemplos «normales» y cercanos a nosotros de cómo la edificación se adapta a lo que ofrece el entorno y el clima. Pero tenemos otros más extraordinarios de cómo la vivienda se protege del calor extremo del verano y del invierno templado, mediante un solución poco habitual pero sin lugar a dudas, muy efectiva.
Se trata de soterrar la vivienda para conseguir que las condiciones exteriores no afectan al interior gracias a la gran inercia térmica que aporta el subsuelo. Tenemos muy cerca ejemplos, en Paterna (Ilustración 8), en Godella (Ilustración 9, sacada de «Comunidad Valenciana: arte y memoria») o en Benimàmet (Ilustración 10)

 

  Y de la misma forma ocurre en otras partes del mundo, donde la arquitectura vernácula nos muestra las claves para adaptarse a cada tipo de clima. Tenemos los ejemplos de la vivienda tradicional japonesa, el palafito de Venezuela, la vivienda en Mat mata, el trullo del sur de Italia, las ciudades subterráneas de Anatolia Central o los archiconocidos iglús polares.
Por lo tanto, tenemos que mirar al futuro asumiendo que las nuevas construcciones tienen que ser más eficientes y más respetuosas con el entorno de lo que estamos haciendo actualmente, pero siempre mirando al pasado.